8 de febrero de 2012

DE LA CUMBRE A CERNÍCALOS. NATURALEZA SIN EXCUSAS

En Canarias no creo que hagan falta excusas para pasar un día fuera de la rutina diaria y adentrarse en los vericuetos de la naturaleza insular de tierra adentro, basta con sentir la necesidad de huir de la costa urbanizada, del cemento, del asfalto, del ruido y de la prisa. No obstante, por si acaso a alguien no le basta semejante prescripción facultativa y necesita objetivos menos espirituales y mucho más concretos, para este tiempo, les apunto que en las medianías de Gran Canaria, se encuentran en plena explosión florística las retamas blancas, el tajinaste y el almendro, salpicando de radiantes manchas blancas paisajes de vertiente originalmente consagrados al verde y marrón del binomio orografía – vegetación.

Con las dos excusas referidas, la espiritual y la botánica concreta, el pasado sábado, un grupo de amigos decidimos darnos un garbeo senderista por el entorno termófilo del Barranco de los Cernícalos, partiendo de la Caldera de los Marteles a 1.500 metros de altitud sobre el flanco este de la isla y terminando en Lomo Magullo, barrio teldense situado unos 1.100 metros más abajo.




Por supuesto, tratándose del este insular, para un pateo de estas características es preciso parar obligatoriamente al amanecer en uno de esos fantásticos bares de desayuno que solo posee el corredor costero del este. Concretamente en la capital de la pata de cochino (producto con copyright grancanario) y exactamente en un referente de su preparación, el Yazmina (en El Calero), con sus increíbles bocadillos express de pata y queso tierno. Ineludible.



La Caldera de los Marteles nos recibió a las 8:30 de la mañana como lo podía haber hecho Ordesa, el Mont Blanc o la Columbia Británica. Con un frío de amarrarse los machos.
En mitad de la bruma que se estampaba contra la fachada oriental de la isla, solo se atinaba a manipular toscamente el GPS y seguir la cresta del lomo que nos debía de conducir a la ladera septentrional del barranco objetivo.
La escasa visibilidad nos apartó un rato del camino correcto y hubo que atajar campo a través entre un retamar de cumbre afortunadamente no demasiado cerrado. A medida que descendíamos entre manchas de pinar, las citadas retamas, varias salvajadas humanas incalificables (quedan para otra entrada) y restos de pastizal, perdimos de vista la bruma cegadora y el frío intenso, adentrándonos plenamente en uno de los ámbitos de bosque termófilo mejor conservados de Gran Canaria.
Mezclándose con acebuches de campeonato, vinagreras, tabaibas y kleinias destacan dos arbustos en plena floración: el tajinaste de Gran Canaria (Echium decaisnei) y la retama blanca.



Embriagados por el perfume de las retamas (Retama raetam) que ambientan cada paso, en mitad del bosque, uno no puede sino retrotaer la imaginación a la época más primigenia e intentar componer en la mente un atisbo de lo que debió ser el paisaje gran canario previo a la conquista. Cuando el ritmo natural llevaba la batuta y el hombre no era más que otro sufrido animal sometido a las inclemencias y excelencias del territorio.
Cerca del mediodía, una vez superadas las ensoñaciones y tras comer y conversar de protohistoria y poblamiento al píe de acebuches, “jediondos” y orobales, nos aproximamos al cauce de los Cernícalos “entaliscándonos en su ladera norte. A medida que descendíamos el ruido del agua se hacía cada vez más sonoro y perceptible y es que para el que no lo sepa, Cernícalos es uno de los dos únicos cauces de la isla que llevan un permanente hilo de agua libre.
A fondo de barranco nos tropezamos con humanidad excursionista y nos dimos de bruces contra la magnifica sauceda (Salix canariensis) que crece y prolifera junto al arroyo. Retratos de grupo en los saltos de agua del tramo bajo del barranco, fotografías a varios moldes vegetales encajados en las paredes y el paseo hasta el coche siguiendo el curso de agua ocuparon nuestra última hora de expedición campestre.
Sí, definitivamente, disfrutar del tiempo libre descubriendo el interior de una isla cada vez más hermosa y sugerente no necesita excusas. Y con Claudio, Alex y Carolina, aún menos.
Las fotografías dicen el resto.











3 comentarios:

Y digo yo dijo...

Parece mentira que la redonda y rechoncha, que no hace mucho vimos con la oscuridad previa al orto como si de una enorme brasa de barbacoa fuera, tenga aun ese vergel por el que pasear y disfrutar.

El mío por favor caliente y me traiga el Tabasco y un salero, AH y el cafen con leche en vaso alto aruñao con cucharilla ahogada en su interior. UMMM rico rico

Nicola Zingarelli dijo...

Bonitas fotos señor Mario!

Toni Martinez dijo...

preciosos paisajes y biodiversidad canaria!! un saludo.