5 de enero de 2012

NAVIDADES 2011. DE LA GRAN CANARIA SECA A LA GRAN CANARIA HÚMEDA

Estas navidades he disfrutado a partes desiguales del interior de mi isla natal.
Curiosamente lo he hecho en dos espacios que no pueden ser ambientalmente más contrapuestos. Por un lado, un día antes de nochebuena, en un pateo improvisado y sobrevenido recorrí con dos buenos amigos el Macizo de Amurga. Por otro, durante la última semana me he emboscado voluntariamente en el ambiente húmedo y arbolado del corazón mismo de Gran Canaria. En las cotas superiores de la cuenca del Guiniguada. En el Barranco de la Mina.

Amurga. La Gran Canaria Seca

Amurga es la montaña del sur. Una porción triangular de la primigenia tarta Gran Canaria que merced a su naturaleza geológica y la caprichosa dinámica erosiva ha quedado individualizada del relieve circundante por las formidables cuencas de Tirajana y Fataga.


Amurga es una rampa que casi desde el nivel del mar alcanza los mil cien metros (La Garita) en unos 25 kilómetros de orientación norte sur. Un secarral, un mazacote fonolitico gigantesco sometido a 10 meses anuales de aridez, insolación y considerables oscilaciones térmicas.









El paisaje del oeste americano que los pibes señalan cuando a la altura de Juan Grande divisan riscos y cardonales desde la GC-1 es un lugar duro para la vida. Allí la vegetación las pasa canutas tres cuartas partes de  año y la fauna de más porte que un insecto  resulta tan escasa como la lluvia.
En Amurga no hay gente, no la ha habido nunca. En época aborigen, los canarios del sur subían rebaños a pastar y utilizaban sus riscos, roques y barrancos para construir observatorios astronómicos, torretas de vigilancia o santuarios de ofrenda y reunión. En épocas muy posteriores, cuando la fiebre tomatera, se cultivaron y regaron fatigosamente sus cotas más bajas. Actualmente, la actividad cinegética, el senderismo y algún ejercicio de entrenamiento militar protagonizan los únicos andares humanos por la rampa sureña. Y es que Amurga siempre ha sido el terreno de detrás, un solar de maniobras, un sitio para ir, hacer y volverse pronto. La ausencia de agua y de suelos fertiles marcan el espacio y lo vacían de cualquier cosa que no sea el rumor del alisio y tus pasos sobre el lajial ruidoso. En cualquier caso, a los que nos pueden los paisajes abiertos y exentos, Amurga nos parece bella. No me pregunten porque, pero lo cierto es que estos lugares solitarios, desérticos, rocosos, llanos, ásperos, brutos, tienen un no se que recurrente que fija atracción. El pasado día 23 de diciembre con dos amigos de postín para la guía y la interpretación, Claudio Moreno y Alex Hansen, subí a la cumbre de Amurga siguiendo la vertiente oeste de Barranco Hondo. Fue un pateo fuerte, duro. Con 16 kilómetros de ida y vuelta y 700 metros de gradual desnivel.
Lo pasamos bien, no podía ser de otra manera. Entre risas y fotografía  pusimos en común lo que sabemos (yo el que menos) de geomorfología, volcanismo, clima, vegetación, paisaje e historia. Nos asomamos a los bordes de la rampa sobre Fataga y la Caldera de Tirajana y recorrimos visualmente el fabuloso cañón pétreo de Barranco Hondo hasta su sector de cabecera.



El Barranco de la Mina. La Gran Canaria Húmeda

Entre San Mateo y Tejeda, conformando la cuenca alta del Guiniguada se encuentra el otro yo de mi navidad 2011. Con 9 grados al sol y un hilillo constante de agua como banda sonora, en el pago de la Yedra (San Mateo) se vive la otra cara  de Gran Canaria: la cara húmeda y vegetal. Entre restos del antiguo Monteverde insular y tesoros botánicos macaronesicos, en el centro de la isla orientado al norte, el paisaje inmediato al invierno se convierte en una paleta de colores que mezcla verde, marrón, amarillo, blanco, humo, teja, piedra y gris. Y aunque el bosque y la maraña vegetal no son mi ambiente existencial preferido, he de reconocer que en esta época otoño – invernal, con el alisio rebosando las vertientes, y las hojas de robles, castaños, nogales, fayas y sauces tapizando suelo y taludes, salir de la rutinaria calidez costera para vacacionar una semana en la cota 900 es un salto de calidad de cara el alma y los sentidos.





Durante los últimos días, he hecho senderismo diario por las intrincadas veredas vegetales que flanquean el barranco de la Mina, entre La Yedra y las Lagunetas. He sacado mi D90 para retratar estampas campestres y aprender a golpe de prueba – error algo más de fotografía de naturaleza. He tirado con arco en antiguos bancales de cultivo abandonados, en medio de un riachuelo con sauceda y desde el tronco centenario de un roble al tronco cincuentón de un castaño. He aguantado el tirón de nata en paseos repletos de exploración, carreras, malabarismo y juego. He recolectado nueces, castañas, bellotas, naranjas, ortigas, almendras, tunos, membrillos y jaramagos. He conversado de historia con veteranos moradores del barranco, he ayudado a limpiar cercados, cuevas y solanas, me he introducido de lleno en la gastronomía rural y he dormido como solo se hace en vacaciones, en el campo y a 8 grados con calefacción.







Sí, aunque me confiese canario de 200 cota máxima y amante de los paisajes abiertos y rocosos como Amurga, también me lo he pasado bien en el bosque.

Feliz año y mejores pescas.

2 comentarios:

Toni Martinez dijo...

que pasada de fotos,vaya contrastes.Gracias por compartirlas Mario.Que tengas un buen año!!!!!!!!

Nicola Zingarelli dijo...

Hay algunas fotos bonitas en este artículo, se nota que la nueva cámara la disfrutas más :-)