7 de marzo de 2010

CUALQUIER LUGAR PUEDE SER BUENO


Habiendo matado el gusanillo de jigging con una entretenida tarde de viernes, teniendo en cuenta que el litoral septentrional de la isla andaba golpeado por el reboso y que después de cada cierto tiempo trepando acantilados, huyendo de la ola y procesando el mismo paisaje y las mismas condiciones, se agradece un cambio de aires, este fin de semana, mi compi y yo, nos colocamos la chapa de exploradores y arrimamos nuestras cañas de lance a orillas meridionales. La idea era jugar a la loto pesca en un lugar que siempre anduvo en nuestro imaginario pesquero y que por unas cosas u otras nunca habiamos testado con un mínimo de fundamento.

El lugar, en el libro gordo de los depredadores, se me antoja puede aparecer caracterizando el escenario idoneo de dos animales; por un lado el común (al menos lo era) pejerrey y por otro, la profuga, a veces naturalizada y siempre particular lubina isleña.

En fin, que el lugar no es otro que una costa baja y pedregosa, con una franja intermareal jerarquizada por la presencia de una amplia y llana plataforma de abrasión terminada en escalón y sebadal.

Pescamos de amanecer, cuadrando el orto con la marea llena de los días de media luna y aprovechando la actividad que procura el cambio de luz y el movimiento de la marea.

Pescamos en superficie, procurando lances largos con pequeños pencils o deslizadores. Alternamos con minnows de escasa profundización que trabajan la corta distancia y cucharillas de manejo rápido y lance igualmente largo.

Tal y como esperabamos, las dos primeras horas de vaciante que coiciden con el despertar, declaran una actividad palpable; pequeños pejerreys que saltan tras manchas de carnada, lebranchos que ondulan la superficie y un par de charranes entrenando el salto de trampolín sin tabla ni piscina.

De entrada, un nada especial pencil yankee hace tilín a los escamudos y recibo dos o tres picadas de infarto. Un pejerrey grande nos salta a los píes. Una aguja enorme se traba y destraba de mi Saltiga Minnow. Se observan cabriolas, carreras y agitación general.

La actividad nos abandona pasada la media mañana, cuando la plataforma de abrasión es ya tierra firme y el sol alto y esplendido ilumina de manera implacable.

Terminamos la divertidísima jornada de pesca con la satisfacción que proporcionan un par de capturas y tres horas largas de continuado entretenimiento.

El balance final es el retratado; una bonita lubina para José y un pequeño pejerrey para este que escribe.

Por diversión, tranquilidad y relax, volveremos.

2 comentarios:

Femés Elvira, dijo...

Muy bueno Mario, pienso que en una isla no pescas(acción de pescar, que no de obtener pescado) si no quieres...
En lugares insospechados, se puede estar armando la gorda...incluso en el infierno.
Por cierto, odio los tumultos, los espías y las miradas indiscretas, y coincido en que ya es un premio el poder relajarse y sentirse unicamente acompañado por alguna muy grata compañía y el ecosistema que nos rodea.
"Sentirme en tierra como te sientes en el mar..." , cada vez más difícil.
No aflojes ahora que parece que la racha sarnosa abandona la redonda. Y por cierto, muy bonitas las fótos en blanco y negro, la primera ha quedado muy guapa.

Y digo yo dijo...

¿Y Sierras? ¿Ni una? ¿Seguro? Tengo un pajarito que....