3 de agosto de 2009

MI CIUDAD HOSTIL


La ciudad que vivo tiene todos los requisitos para ser bonita y agradable, pero a poco que fijemos la vista, la realidad construida la demacra y convierte en fea, desagradable e inhumana con ganas. Sí, vale, esta abierta a dos frentes marítimos, posee una península volcánica como espacio natural de referencia, la luminosidad es grande, el clima sano y el carácter humano es cosmopolita, relajado y callejero, pero en lo que se refiere a diseño urbano y calidad visual de conjunto edificado es más fea que pegarle a Dios.

¿Y a que viene todo esto?, Pues a que hace un rato estaba repasando unas fotografías urbanas de unos meses atrás, período en el que profesionalmente me baje del guindo y en mis ocupaciones laborales rebasé por debajo la cota 200. En aquella ocasión y por unos días, abandoné a don Benigno y sus cuartos de apero tipo Feria de Abril para colarme en plena ciudad consolidada a intentar diseñar con algunos colegas, un poco de movilidad, conectividad, accesibilidad, sostenibilidad y todas las “idad” que a ustedes se les ocurran y tengan que ver con el objetivo de perpetrar un espacio urbano más ameno, humano, bondadoso, saludable y moderno.
Total, que ojeando retrateras recordé que en medio de la jungla del istmo de Santa Catalina, cuando uno toma conciencia del campo de batalla, el ánimo se acongoja observando lo sucia, cutre y desordenada que es la trama urbana que hemos creado los canariones capitalinos. Un espacio de encuentro y trapicheo que no presenta dos pavimentos iguales, donde los contenedores ocupan las aceras, los taxistas el tercer carril, la señalética toda la fachada y el lugar prescrito a los peatones se ve interrumpido por coches irremediablemente mal aparcados, camiones en descarga imposible, parterres sin árbol, vallas asesinas, pivotes disuasorios, vías redundantes y un montón de arretrancos y galimatías urbanos que hacen del espacio público un lugar hostil e incomprensible.
Y es que nuestra idiosincrasia nunca ha dado para más. Los ciudadanos canarios siempre hemos sido un poco dejados, indolentes, ignorantes, poco cívicos y algo guarretes, los gestores de turno, interesados, mezquinos, caciques, distantes, insensibles, codiciosos y motorizados. Si a esto sumamos el hecho de que la riqueza va por barrios, el panorama es desalentador.
Eso sí, en las maquetas, en los planes y en los hábiles productos infográficos que decoran concursos de renovación urbana y estratégicas piezas de ordenación, las ideas y los diseños encandilan y dibujan la Brasilia de los años 60. Al final, todos esas brillantes y sugerentes ideas terminan siendo paneles para despachos y literatura técnica para cajones de escritorio. Al final, el dinero marca la pauta, aunque sería injusto no reconocer que el retraso no triunfaría del todo sin la participación del subdesarrollo cultural programado de una sociedad solo entrenada para exigir pan y circo.

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