9 de junio de 2009

ORDENACIÓN DEL TERRITORIO EN CANARIAS III. LA ENTRAÑABLE VECINDAD

Ante la mesa de la oficina comparece Carmen, pequeña, enjuta, de nariz aguileña y ojillos vivos. Llega haciéndose la escandinava de Estocolmo y sobre la mesa vuelca como la que no quiere la cosa, media docena de retrateras de un muro ciclópeo hecho en fábrica de bloque, sin encalar y a medio pintar de un naranja holandés que ahuyenta a las moscas, despega las enredaderas y encandila miradas desde el mismísimo quinto pino. Acompaña el reportaje fotográfico un testimonio oral basado en el no lo sabía, el clasico viejita que es una y un agravio comparativo con el ricachón de turno que vive cuatro laderas y un barranquillo más allá.

Al lado de Doña Carmen se sienta Augusto. Un señor de 40 y tantos años al que la vieja me presenta como su hijo y que tras las bermudas marrones de vestir, la camiseta universitaria y las gafas de gordo cristal confiesa estar muy puesto sobre las leyes del planeamiento territorial insular pues estudia derecho desde hace algunos años (entiéndase desde que salió de COU, hace 25).

Intimidación freak aparte, el caso es que doña Carmen, pese a hacerse la sueca, lo que realmente admira son los modelos de asentamiento de la Finlandia interior y por ende, tiene una casa de madera de pino, estilo la cabaña del lago, instalada, sabe Dios o lo que sea como, en el fondo de un barranquillo de segunda categoría que tributa al primer desague natural de la afeada y desconchabada ciudad de Las Palmas de Gran Canaria.

Hasta aquí bien, los niveles de surrealismo son los normales de estos pagos insulares. La vieja Carmen - su marido no quiere saber nada - levantó el muro orange de cualquier manera y siempre sin el conocimiento y la supervisión de la administración de turno. Lo hizo según ella, porque necesita un cortaviento que impida la pudrición de la cabaña en el lado del naciente, pues su vecino siempre le pone peros a que utilice el paso por su propiedad para acometer las labores de limpieza y mantenimiento. Un buen día cuando al muro le faltaban dos o tres brochazos para su culminación, dos agentes del Seprona que parece ser, pasaban por allí, pidieron papeles, licencias y autorizaciones a los albañiles de Doña Carmen. A partir de este punto no es preciso contar como sigue el cuento.

El vecino.

El vecino de Doña Carmen es Benigno Reyes. En adelante y transcribiendo literalmente el hablar canario más popular e incorrecto, Benino, (a veces, en una vuelta de tuerca más Carmen le llama Beneno).

Benino es un tipo que aunque debe andar por los 50 y pico años, parece que tenga 70 y muchos. Nunca ha sido hombre de ciudad ni de andar con la ropa limpia. Trabajador extensivo pero siempre sacrificado en mil asuntos que atañen directa o tangencialmente al mundo de la construcción, su relación con los ambientes rurales no tiene nada que ver con la sostenibilidad, el paisajismo o el mantenimiento del legado histórico – etnográfico. Él siempre ha practicado una estrategia inconsciente de majo y limpio propio de los entorno periurbanos. Que el eucaliptus estorba a su señora la remota visión de 3 centimetros de mar desde el balcón de su cuarto, pues nada, basta un taladro y varias dosis de acido de batería para que deje de hacerlo. Que necesita construir un corral pa que las 4 cabras no se marchen y estropicien algún chalet, eso esta hecho, recurre al stock de palets, tablones, bloques y chapas de latón que parece cultivar en la parte trasera y ya estan las cabras apañadas con un vallado tan cutre como estrambótico. Sin Dios ni amo, pero nunca por maldad, siempre por una ensalada de ignorancia, despreocupación y desarraigo que es común a muchos habitantes del entorno canario rural. Ser periurbano implica eso, ser un cafre que arrasa tres pinos centenarios porque echan porquería sobre la Toyota Hilux, o un paisajista en potencia que se mata de sol a sol en una ladera por seguir dando continuidad a un tan bello como inverosimil cultivo de papas en bancal.

La relación de vecindad.

La relación de vecindad en el caso que expongo se reduce a dos vecinos, uno frente al otro, ocupando dos viviendas casi adosadas e inmersas dentro de 50.000 m2 a la redonda de riscos y vegetación. Un retiro poco espiritual en el que los sonidos de compañía se reducen a las cabras de tu vecino, el canto de algún ave, el sonido del viento y el arrastrar de los lagartos. Así las cosas, la relación de vecindad se materializa en dos personajes anónimos que siempre se han tenido uno a otro para cualquier contingencia. Para cuidarse la propiedad, para que la habilidosa mano de Doña Carmen coloque inyecciones a la pachucha mujer de Benino, para que Benino materialice sus conocimientos de fontanería y arregle los problemas con la aljibe y el agua de abastos de Carmen, para intercambiar frutas, para obsequiar postres, para injertar durazneros, para prestarse el gallo, para ayudarse en la recogida de papas o para echarse un cable de motor cuando falla la luz. Para todo eso se tienen el uno al otro. Para apreciarse, para ayudarse, para ser compasivos, y también para denunciar ante la Guardia Civil que Carmen, mi vecina, esta construyendo un muro por las buenas y sin licencia justo frente a lo mío.

“Si mi niño, el que me denuncio fue Benino, que yo me quede loca cuando su mujer me lo dijo ayer que fui a pincharla a la pobre. Y mira que yo le dije, Benino, si no me dejas entrar en lo tuyo a tratar la madera, voy a hacer un muro pa que por lo menos el aire y el agua no me castigue tanto la casa. Y el muy condenao me dijo que sí mi niño, que tenía que haberlo hecho desde hacía tiempo. Mal rayo lo parta, ¿tu lo puedes creer?, que hasta se ofreció a levantármelo. Pero sabes lo que te digo, que el tiro le salió por la culata, porque los mismos del Seprona que fueron a ver lo mio, se metieron después en lo de él y le pusieron la cinta esa encarnada a tres o cuatro cuartuchos que estaba haciendo pa los perros y un garage pa mete el coche que tenía pallá atrás. Yo no voy a hacer nada, porque ya yo estoy vieja y me da pena su mujer y hasta él mismo, que aunque sea una pobre bestia, la verdad es que siempre esta pendiente de mi casa cuando me marcho en verano a casa de mi hija”.

Hace un rato, el señor de pantalón gris manchurreado de yeso, el tipo canoso de la camisa remangada y manos como racimos que vino a ver si era posible legalizar tres casetas para perros cazadores del tamaño de un bungalow y un impresentable chamizo de postes, bloques y planchas para recoger el coche, se llamaba Benigno. Vive en el mismo barranco que Doña Carmen y maldice la hora en que aquella vieja loca se fue a vivir frente a él. Dice Benigno que esta era la tercera vez que le mandaba a la Policia, que estaba harto, cansado, que la aguanta por su mujer, la pobre y porque al fin y al cabo, un día, a uno le puede dar un patatus en plena noche y no tener a nadie que le alongué ni un misero vaso de agua y azucar.

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