4 de marzo de 2009

MATRAQUILLAS DE PANTALÁN I

El jurel canario es un animal que jala. Esa es su fama y así parece ser el reconocimiento pescador general. Es un pez con potencia natatoria, espíritu salvaje y carácter carangido que como todos los pejes desconfiados, asustadizos y libertarios lía la de San Dios en cuanto las cosas no le van llanas. El otro día, metidos en una sorprendente zafra jurelera, entre bromas y veras, reflexionando con José en voz alta sobre las peripecias que proporciona un jurel cuando es prendido a spinning, este recordó uno de esos chascarrillos propios de los pescadores isleteros de siempre y que hacen referencia a la dificultad añadida que presenta la pelea con un jurel en base a su cuerpo achatado. La frase hay que pronunciarla con la seriedad de una voz grave e inapelable y queda registrada como “el jurel lo que tiene es que se plancha”, cargando la entonación en lo de “se plancha”. Ni que decir tiene, que ahora la matraquilla será utilizada periódicamente en los dimes y diretes que se plantean durante los pleitos con algún bicho subido de tono.

Para muchos barqueros insulares, recalcitrantes antiguos e inmovilistas, no hay mejor nave que una barca de madera de dos proas made in canarias abiertas al aire, el viento, los rociones y las regulares empapadas de pecho y cara. Un barco que pesa lo que medio petrolero y concentra cucarachas inglesas en la misma proporción que horas de navegación. Para estos humanos añejos, no hay nada como la perpetua navegación a 2 nudos y por ende, adoran su vehículo de pesca. En tal tesitura, uno de estos monstruos del tipismo pesquero, desconfiando de los modernos barcos deportivos de fibra que incorporan cabina, parabrisas y cortavientos, va más allá y en base a experiencias personales que no le acaban de cuadrar en su tradicional universo cognitivo (al parecer, un pariente tenía una Rodman 900 que en más de una ocasión utilizaba como ocasional nidito de amor, ya me entienden), cambia la vara de medir por la de generalizar y en cuanto los tiempos y la acción de uno de estos barcos pasan por delante de sus psiquis dispuesta en modo opinión suelta con voz grave y tono de cabreo despectivo la sin par frase “Eso no es un barco, eso es una casa de putas”. Por supuesto que para nosotros, conocedores y admiradores de la disparata aseveración, cada vez que a tiro de ojo se nos pone uno de estos grandes y cabinados barcos de curricán, exclamamos con guasa aquello de “ahí va una casa de putas”.

A los de la Consejería de Pesca del Gobierno de Canarias les ha dado de últimas, por la absurda perreta de andar inspeccionando embarcaciones deportivas con el objeto de controlar el número y la talla de capturas que recreativos de tiempo echado y fin de semana cogemos en nuestras salidas de pesca. Dicen que somos la gran amenaza para los recursos pesqueros insulares y unas cuantas estupideces más que ahora no vienen a cuento. Lo cierto es que en el muelle han provocado cierto revuelo entre los habituales recolectores de cabrillas, palletes, fulas anchas, rascacios, bocas negras, gallos, chopas y demás fauna proclive a ser engatusada con los tradicionales métodos de la pesca con carnada de toda la vida. El otro día, mientras repostabamos en la gasolinera (nosotros y el barco), asistimos a un conclave de pescadores veteranos que se mostraban escandalizados ante la colocación cristalera de una lamina oficial que indicaba los peces más habituales, refiriendo en su píe el tamaño de captura mínimo autorizable. Observando de cerca la escena asamblearia y partiéndome de risa interior ante las deliberaciones, comentarios y discusiones de los pescadores coincidentes me divirtió especialmente la reacción de uno de ellos que apartado del grupo y ajeno a las disquisiciones del común pegaba sus gafas a la cristalera mientras escrutaba con el índice cada una de las figuras piscicolas dibujadas en el papel. De pronto, una vez terminado el repaso a la lista y al mismo tiempo que se acariciaba el mentón con dos de los diez plátanos que la vida le ha dado por dedos, con tono de eureka contenido y mirándome de reojo exclama en voz baja con deje ronero: “Mira, mira, a los cantareros no los tienen dibujaos en el papel. Eso es que se pueden coger todos los que quieras”.
Made in Canarias, me temo.

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