18 de febrero de 2009

ORDENACIÓN DEL TERRITORIO EN CANARIAS. EL MITO DE ROBIN HOOD AL REVES. 1ª PARTE

I. Leocadia y los Acebuches

Leocadia tiene casi 70 años, padece de la columna, tiene un soplo en el corazón y la artrosis le reduce la movilidad y le atrabanca el paso.
Su familia materna procedía de Fuerteventura, pero ella nació y creció en las medianías bajas de la por aquel entonces aún poca prostituida isla de Gran Canaria. Más cerca del bullicio urbano que del Roque Nublo y sus recovecos, todo sea dicho.
Leocadia se crió en el campo, ayudando a sus padres con las tierras y el ganado, no interfiriendo por pura coyuntura en la vida natural del medio que le rodeaba, pero no teniéndole más aprecio que el propio de la rutina y la practicidad. Un acebuche es un acebuche y los gajos fuertes son buen combustible y buena madera para los útiles de labranza o el mobiliario de la casa.
A mediados de los años 60 y luego de casarse, su marido, empleado de finca platanera en el norte y que a día de hoy y según la socarronería de Leocadia debería de estar en el cielo pues a ella la dejó en la gloria, ya saben, machismo antiguo, brutalidad de la tierra, rón…. comenzó, mitad por ilusión constructiva, mitad por quitarse de en medio a la parentela del pueblo, a fabricar a ratos un hogar familiar en unos arrifes que por herencia y dote le tocaron en la paz y el trasmano de la última vuelta silvestre del término municipal capitalino.
Como pueden imaginarse y como seña inequívoca de identidad de una época, la construcción careció siempre de permisos, programación, planeamiento, condiciones de habitabilidad concensuadas y el código técnico de la edificación se limitaba al ABC de cimientos, paredes maestras, salón enorme y cubierta plana para almacenar trastos.
Con el paso del tiempo y en función del trasvase campo – ciudad, el abandono de las tareas agrarias por las tareas turísticas, la transformación de la mentalidad y la llegada del consumismo y las comodidades materiales, las hasta ese entonces peladas laderas por usos agropecuarios equilibristas, se vieron ferozmente recolonizadas por toda la caterva de árboles, arbustillos y matojos originalmente amantes de sus condiciones ambientales. Han vuelto los acebuches, los granadillos, el lentisco y demás hierbas. Han tapizado laderas, rellenado barranquillos y pintado un paisaje nororiental que recuerda en algo y de lejos a lo que debió ser este sector de ínsula en fechas anteriores al desembarco humano masivo y colonizador.

II. Mi No es su No

Mientras conduzco, me convenzo a mi mismo de que el asunto es inviable y ni siquiera depende de mí. Que por mucha razón social y mucha historia humana, aquello es Espacio Natural Protegido y los acebuches, junto a los granadillos y lentiscos son números uno en el ranking de especies de la flora vascular canaria protegida por decreto legislativo, orden departamental y bla, bla, bla…..Además, doña Leocadia no puede estar allí, su pequeño mundo esta fuera de ordenación. Su casa salón amarilla con balcón al barranco, su ecléctico porche vestido con inmensas flores de mundo y la pequeña y peculiar muestra ganadera de la linde trasera, no entran dentro de los usos consagrados a un paisaje natural en proceso de recuperación. Pero claro, vete a explicarle eso a la Doña. Según Leocadia, el acebuche es un mato bruto, casi como las zarzas y de madera dura como un tenique. Dice Leocadia que la gente de antes los usaba para encabar azadas y sachos, para hacer vigas o bastidores y para confeccionar bastones. Como el suyo, que me enseña orgullosa. Un palito repleto de nudos que por el uso y la antigüedad parece de piedra, pero que es de madera, de madera de acebuche. Perteneció a su padre y ahora es su sostén más fiel, el único instrumento que le permite levantarse por las mañanas a calentarse café, y echarle un ojo a las 12 gallinas del patio que según Doña Leocadia son junto a pepito, el perro ratonero feo, chico y desaliñado que siempre ladra 20 metros más allá, los hijos a los que más quiere y los que más la entienden en su padecer.

III. Tu Me Dirás que Hago

Tras mirarme con gesto de pudor y con el alma taladrada por las fraticidas palabras de su madre, José me explica que Leocadia tiene 70 años, que ha vivido allí, en aquel risco inclemente desde hace más de 40 y que por más que insistan él y sus hermanas que viven en la ciudad no hay manera de sacarla de allí. Que le han dicho 1000 veces que a su edad, sola, y con sus problemas de columna, artrosis y corazón, lo más razonable es que se vaya a vivir con Mari Carmen y sus nietos, que tienen una casa grande en la ciudad y va a estar más atendida. Que deje el campo para los fines de semana.
Pero Leocadia no afloja un punto y dice que ella solo es feliz en su casa del campo y que lo único que le pide a Dios es no morirse en la peligrosa vereda que tiene que recorrer cada vez que tiene que ir al hospital para la revisión. Que ella se contenta con que le dejen arreglar el camino para que entre una ambulancia hasta la parte trasera de la casa cuando tenga que acudir al médico.
Llegados a este punto y pasando por alto las afrentas maternas, José cambia la mirada al modo resignación y me espeta un tu me dirás que hago a la misma vez que procede, como cada vez que nos vemos, a remangarse la camisa y enseñarme los bíceps que según él esta desarrollando a raíz de tener que jalar, junto a su tío, por la vieja Leocadia cada vez que la septuagenaria debe subir Machu Pichu. Yo le digo que hoy por hoy y perdonando la impertinencia, los 8 u 10 acebuches que impiden ensanchar y mejorar el firme del camino para hacerlo circulable, tienen más valor ante el mundo que la vieja Leocadia. Él me entiende y se ríe. Yo los entiendo a todos y aunque también esbozo una sonrisa, mis adentros se giñan en la madre que parió a la heterogeneidad de usos, el fin social y ser un animal humano medianamente sensible y no un trabajador robotizado y helado cuya voluntad solo cabe dentro de los cuadrados e inapelables presupuestos de la normativa al respecto.

IV. Los Totales

Total; me pueden las gracias lejanas del perro ratonero, la bondad y resignación de José y los felices, humildes y campestres trapicheos de Doña Leocadia.
Total; salgo de la puñetera riscadera dándole palmaditas a los acebuches centenarios a la vez que les susurro en el tronco un hijos de puta ya podrían tener ruedas.
Total; la tajante determinación de hace unos minutos vuelve a convertirse en un mar de dudas y el asunto que quería cerrar sigue más abierto y complicado que nunca.
Total; una ambulancia, una jodida ambulancia. Una ambulancia que arrase 10 acebuches de champion league y asegure la salud y felicidad de una anciana entrañable y biofila.
Cachis la mar.

Continuará.

3 comentarios:

Tamaragua dijo...

Diez Acebuches, ¿diez Acebuches?. Bueno, eso te lo hace el cabildo tinerfeño con dos guatacas y Autoridad Portuaria con la segueta en una tarde, en cuanto terminen de "transplantar" 680 hectáreas de Sebadal y una comunidad entera de Piña de Mar. ¿¿¡¡!!??

juan jose dijo...

No es justo, no es justo.

Si te apoltronas en el realismo mágico de forma tan contundente, doña Leocadia debe tener un final féliz.

No te angusties, lo tendrá... yo lo sé y tu sabes que lo tendrá.

Aunque no se toque un acebuche.

Abe dijo...

Lo suyo sería ir al Supremo, huy perdón, al Seprona y verás como Dña Leocadia termina interna y no precisamente en casa de Carmen. Si es que cuando nos ponemos a prohibir.....