31 de octubre de 2008

AL FIN, BERMUDAS, LA VIE EN ROSE


Desde la isla de Gran Canaria, acosado por el estrés de la vida convencional, con un temporal de viento y marea implacable y mientras me pregunto porque carajo le tuvo que tocar a mi archipiélago de residencia la más cutre y barriobajera de todas las colonizaciones, expongo, casi 15 días después del regreso y con todo el retraso del mundo, los pareceres y imágenes del último viaje pescador acometido, Islas Bermudas.

Otro sello en el pasaporte, otra cruz en el mapamundi.

Bermudas. A 2000 kilómetros del estadounidense Cabo Hatteras, a 7 horas en avión de Londres. Unas cuantas islas e isletas unidas entre si que presentan una superficie dos veces superior a la isla de la Graciosa y un recuento humano oficial de +/- 68.000 almas dedicadas en su gran mayoría a los servicios financieros (paraíso fiscal) y el turismo.
Por lo que se dice no hay delincuencia, no hay desempleo y la renta per capita esta entre las 5 más altas del mundo. La resultante visual de la ocupación y explotación humana del territorio es un paisaje eminentemente llano, donde entre el verde de la vegetación y las huertas familiares destacan los claros tonos pastel de las edificaciones y las tonalidades azules y turquesas de las láminas de agua que dejan las innumerables calas y ensenadas. Un territorio oceánico y anfibio en el que la náutica encuentra acerbo cultural y consideración de actividad cotidiana. Un lugar limpio, tranquilo, cómodo, agradable, pijo y 100% grato a la vista y los sentidos. Un lugar de película con muchos rasgos de sostenibilidad y cierto aire elitista. Casi un paraíso, casi otro mundo.

La pesca. 99% Jigging.

La pesca planteada tenía al jigging como técnica casi exclusiva. Solo por precaución se disponía diariamente un reten de Caranx Médium para tener algo con que contestar si los escamudos se dejaban ver por la azotea, pero el 90% del tiempo las estrategias pesqueras se centraban en el jigging vertical japanese style con las deformaciones individuales que imponen las maneras y circunstancias de cada cual. Una caña, un carrete, línea, un metal de cuarto kilo y uno o dos anzuelos (dependiendo de la desconfianza e inseguridad del pescador). Ni trozos de caballa colgando de los assist ni rejos de calamar estrategicamente situados. Si logramos engañar, habrá éxito, si no, nos jodemos y ganan ellos, los peces, o ella, la pesca.
Nos fuimos a Bermudas con la intención de pescar 5 días sobre la náutica y capitanía de una operación denominada Over Proof, cuyos responsables, Leslie y Peter, son un matrimonio joven que se reparte las tareas de organización y pesca con igualdad de eficacia, diligencia, sencillez y seriedad.
Overproof Posee dos buenos barcos, preparados para aguantar viento y marea. Un barco de currican al uso y otro que es el sabor marinero en si mismo. El Son Rae, un barco langostero de Maine trasladado a la pesca del crustáceo en Bermuda y que a su navegabilidad y resistencia al Atlántico embravecido había que sumarle unos meritorios 25 nudos de velocidad y sobre todo una bañera espectacular para la practica del jigging. Un cajón de 7 X 2 metros, libre de arretrancos y con una borda muslera que garantiza el jigging más confortable que se pueda desear. Sí, el Son Rae terminó siendo nuestro Babieca particular durante la semana de batalla.
Los escenarios de pesca transcurrían en dos bancos situados a más de una decena de kilómetros al suroeste; Challenger Bank y Argus Bank y en la ruptura de pendiente de la isla, a medio camino entre esta y los bancos sumergidos. Las condiciones de mar y viento no eran las más ideales y durante los 5 días nunca faltaron olas y vientos. En esta tesitura y con fondos de 70 a 120 metros las derivas se volvían celericas y el ejercicio de tirón y recogida costoso y cansado. No es Maldivas ni Andaman, jiggear en Bermudas es similar a hacerlo en Ascensión, Cabo Verde, Azores, Canarias o Rodrigues, un océano abierto al que recibes de frente, una inmesidad de agua salada carente de resguardo y a barlovento de lo que toque ese día en cuestiones de aire y sal. No hay escapatoria.
Íbamos con la mente puesta en los formidables y antiguos records de serviola que se han conseguido en aquellas aguas. Animales de 60 y 70 kilogramos. Pero no aparecieron, al menos en la bañera y con el pleito perdido. A cambio nos llevamos cada día de pesca unas 20 serviolas próximas a los dos kilos que constituyeron la matriz piscicola y un almaco de 40 libras que Mister Zingarelli supo engañar el último día con matutinidad y toda la alevosía que proporciona los más de 300 gramos y 20 cm de un Haoli 8 long.
Por lo demás, muchísimo entretenimiento, bastantes capturas y una diversidad de especies sorprendente e inesperada. Jureles ojones, Pseudocaranx dentex, meros y mycteropercas, pequeños peces de fondo, una especie de catalufas de competición, black fin tunas, bacoretas, raimbow runners, black jacks, barracudas, caballas, loquillos, lábridos sin identificar, ballestas, algún esparido despistado y un african pompano precioso capturado desde tierra por el incansable Vicente el de Cullera. Peces para todos los gustos, de entre 0 y 10 kilogramos. Jigging muy entretenido que de no ser por las posibilidades reales de animal y por las circunstancias de deriva y profundidad colocarían al lugar en la meca del Light jigging occidental.
Pero no es razonable, los medregales grandes seguro que están ahí y habría que ver que puede ocurrir en temporada de atunes. En fin, falta experiencia y varios viajes más para establecer algún protocolo de actuación y sacar conclusiones, pero lo que se intuye es bueno, buenísimo diría. La pesca profesional es testimonial y se imbrica con la deportiva, vamos, que son los mismos deportivos a los que la legislación deja vender sus capturas. No hay flotas extranjeras arrastrando ni flotas locales que realicen pesca intensiva. Cuatro nasas para langostas y palangres de echar y recoger con menos anzuelos que los que utiliza cualquier paisano para roliar brecas. Nada de artes de enmalle, ni de trampas para peces. Sostenibilidad total. Peces hay.
En cuanto a nuestras mañas de jigging, este obedeció siempre y con las normales adaptaciones y formas individuales al japanese style más puro, recogidas de abajo a arriba, jigs de metal convencionales entre 200 y 400 gramos, líneas trenzadas y equipos conformados en torno a las 65 u 80 libras. Bajos de monofilamento, assist simple de cordaje en la mayoría de los casos y a mover el choco que son 5 días.
Cinco días de peces pequeños y medianos en cantidad, picadas al unísono, momentos de gran actividad y otros en los que solo pescaba el jig del día; un Ouka color caballa desde proa, un Haoli slim and long con brillos envejecidos en las estanterías de Shamann o un jig chino tan cutre como fluorescente cuya distribución para España la tiene Caranx.net y que en las muñecas de un malagueño sin parecido es Marylin levantándose las faldas. En fin, las cosas de este rollo de la pesca vertical con señuelos artificiales sin carnada ni filetes de pescado en los assists que lo mismo lleva a que un SEÑOR (sin minúsculas) de San Sebastián logre 4 peces seguidos con el jig más feo e insoportable de Jigging Master, que el que el arretranco no va más del desarrollo hidrodinámico y el fetichismo comercial sucumba ante el anodino blanco cabeza roja del enconado economato ferretero mediterráneo. Las cosas de la ictiología y de la oceanografía que en circunstancias como las que contamos se vuelve una deliciosa entelequia incapaz de ser descifrada. No tenemos ni puñetera idea. Ni zorra. No sabemos un carajo de lo que pasa 70 u 80 metros debajo de nosotros ni cuales son las motivaciones ni la etología ictia ante eso que nosotros bajamos al fondo del océano con afán capturador. La pesca en términos generales, la pesca con señuelos artificiales en particular y el deep jigging en concreto se limita a una acumulación de casuística que nos regala una colección de sospechas como única base del trabajo futuro. No hay dos días iguales y además, cada individuo es uno e irrepetible, ya ande erguido y pague hipotecas o se cubra de escamas y le llamen medregal.
Delicioso rompecabezas. Adictivo y apasionante.
En resumen, las negritas salían siempre, los wahoo (punto y aparte) cortaban siempre y entre medias, barracudas dando la tabarra y jureles, atunes, meros y demás familia dando la sorpresa. Short jerking radical para algunos, long jerking de arnes para otros, guantes, cinturones de combate, gorra, gafas de sol, zapatillas de Decathlon y un kilo de desayuno en la tripa para ir quemando durante la mañana.
La sana compaña

En lo que se refiere a la compañía, al grupo de pescadores, pleno al 15.
Y es que de últimas, esto de los caracteres y personalidades de los humanos que te acompañan a pescar al quinto pino me preocupa más que las circunstancias de los animales pescables, las inclemencias metereológicas o la organización. Y es que tras algunas excursiones acompañado de personajes emocionalmente desequilibrados o socialmente coñazo, palpo madera cada vez que me toca mover el choco con gente desconocida.
En esta ocasión, excepto a Nicola Zingarelli no conocía a ninguno de los otros tres pescadores y lo lamento profundamente. Lamento el tiempo que me he perdido a gente como Vicente, Juanjo o Mikel.
Vicente es un valenciano cincuentón fanático de la pesca que rebosa bohonomia por los 4 costados y aguanta lo que haga falta con tal de estar en situación de pegar el animal. Suyas fueron las mayores visicitudes, suyo fue el mayor expolio de material a cargo de los petos, suyo el mayor de los meros y suyo el african pompano de lujo que coloco a tiro de foto un amanecer desde las piedras próximas a la cabaña. Un tipo duro, resistente al desaliento, con la risa floja y un encaje que ya lo hubiera querido para si Meldrick Taylor el día que peleó contra Julio Cesar Chavez. Luego esta Juanjo, el malagueño. Una mente rápida, coherente y racional. Un tipo que las ve venir y las esquiva o se las traga y las asume. Con detalles de flojera en el trabajo pesquero pero agarre final de palmera vieja. Con toda la gracia de las gentes del sur y toda la agradabilidad y clase de los tipos que poseen una mente abierta y se rigen por el sentido común. Personalmente, ya esta en la lista de mis viajeros favoritos. Con él, las risas no acaban. Por último, Mikel, un individuo al que debería de prescribir la Seguridad Social o el Ministerio de Asuntos Sociales. Es un solucionador de dudas, un resuelve acertijos que lo mismo te sirve para decidir que aliño le haces a una ensalada que a donde vas con la parienta esos 4 días de vacaciones en diciembre. Mikel es sabio, con él aprendes, te descojonas con los chistes de gallos y buitres y caes en la cuenta de que la seriedad no va reñida con la diversión. Es grande. Todos son grandes. Hasta el señor bajito de Valencia que le susurraba a los wahoo. Él también es grande. Con ellos desarrollo un 100% de compatibilidad humana y claro, luego hay que soportarme, pero para eso esta el hermano bueno, el chico de la agencia, el toscano, él, el imprescindible. Con su clase, su sabiduría y su diplomacia natural. Él corre con el pesar y el coñazo que uno representa. Gracias, gracias a todos.
Bermuda es Nice, la pesca con señuelos artificiales apasionante y el viaje y la exploración una actividad necesaria y adictiva. Palpo madera y firmo la renovación donde haga falta.
Se quedan cosas y detalles en el tintero. Pero ya esta bien de letras.

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