4 de septiembre de 2008

ANOCHE SOÑÉ RARO

Soñé que la genética reproductiva de un país perverso lograba la clonación y gestación en serie de especimenes humanos para ser usados como herramientas de trabajo o arma militar.
Hasta una edad X, se les mantenía en un tenebroso pabellón de maduración situado a las afueras, una especie de jaulón de hormigón de proporciones colosales destinado a cultivarles las habilidades y capacidades más demandadas por la administración y las grandes multinacionales de la industria.
Sus genes habían sido modificados, eran resistentes al cansancio, se les había eliminado el instinto sexual y el comportamiento era moldeado hacia la anulación del yo y orientado hacia la sumisión y el deber. En el pabellón no les faltaba de nada, había sectores destinados al ejercicio físico y lugares acomodados para el descanso y el entretenimiento dirigido. Su única función era alimentarse, crecer y tonificar músculos. La comida consistía en alimento sintetizado que contenía los ingredientes necesarios para acelerar el crecimiento y el desarrollo de la masa corporal hasta los estándares de venta exigidos por el mercado. Jamás habían visto el mundo exterior ni sabían de otra cosa que de su alienada vida grupal. Una existencia inapelablemente encauzada hacia un propósito en el que cualquier principio ético moría acribillado nada más asomar la cabeza.
Sí, andaba metido en esa pesadilla cuando un estruendo sacudió mi cama e hizo que me incorporara medio grogui intentando resolver mi desorientación y averiguar que había pasado. Lo que había pasado es que el camión de la carroña (como mi amigo José llama al camión de la basura), había precipitado al asfalto uno de los contenedores de plástico y en el silencio de la noche y por el tubo sonoro de una estrecha calle de barrio, el bombazo sonaba a dinamita terrorista.
Volví a dormirme, y al poco de retomar el sueño, la pesadilla apareció de nuevo aprovechando el estruendo de la calle para abrirle un boquete lateral al pabellón de clónicos humanos y liar la de San Quintín en la granja de hombres.
La libertad servida en bandeja.
A pesar de tanta domesticación médica y tanto control mental (la curiosidad debe ser un deseo genéticamente irreductible), no tardaron en asomar las primeras cabezas por el agujero. Al poco, a las primeras cabezas se le sumaron las segundas, y las terceras, y al rato, los 2.000 o 3.000 individuos que componían el rebaño del Dios Menguele, comenzaban a patrullar en desordenados grupos las calles, plazas, autovías, avenidas y barrios de un pabellón enorme, nuevo y sobrecogedor ocupado por extrañísimos y desconocidos semejantes y un sin fin de elementos materiales nunca vistos.
De ahí en adelante y para el resto de la madrugada, la pesadilla se torno intermitente y confusa.
Con unos seres protagonistas que jamás habían palpado el mundo real y su organización social, que desconocían los peligros y las complejas normas de convivencia e ignoraban el sentido y función de las cosas más simples y cotidianas, las imágenes de agresiones, accidentes y peleas se sucedían con el denominador común de los escapados como victimas propiciatorias. Recuerdo que en mi pesadilla morían atropellados al cruzar la autopista mientras seguían absortos el vuelo de una libélula. Que Ignorantes de la propiedad privada eran agredidos en escaleras y portales. Se me vienen a la mente imágenes de tipos que por las esquinas agonizaban de asfixia o envenenamiento después de que el hambre y la curiosidad (ese deseo genéticamente irreductible) les llevara a comer cosas inverosímiles que confundían con el pienso de su incubadora. También había individuos denigrados por los pobladores nativos, engañados con los fines más diversos y un sin fin de situaciones semejantes que mezclando accidente, desconocimiento y oportunidad depredadora, caminaban sin pausa a un lógico, natural e inapelable desenlace de deterioro y muerte.
Sí, un sueño raro, desagradable y traumático que dio paso al día sin solución de continuidad. En 15 minutos, en la puñetera alarma del teléfono móvil sonaba el “Equipo A” con un escándalo de cornetas y fanfarrias imposible de ignorar. Definitivamente toca levantarse, desayunar, acudir de nuevo al curro y empezar la tarea diaria siguiendo la liturgia cotidiana de un par de galletas en el office, una rápida ojeada a los periódicos provinciales (y provincianos) y revisar el correo electrónico para leer lo que mi amigo Rafa me cuenta de la última salida de pesca. Que por las orillas del sureste se han escapado de las jaulas de engorde, 25.000 o 30.000 lubinas y caen como moscas a manos del desconocimiento, el accidente y los oportunos depredadores de un mundo que al final y aún siéndolo, no es el suyo.

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