26 de junio de 2008

13 DE JUNIO DE 2008. ANTE LA ENESIMA INMINENTE REESTRUCTURACIÓN DE LA OFICINA


Cerca de un año después, los cambios políticos de mi empresa siguen enviándome repercusiones. No me inquietan ni preocupan, solo me desconcentran y es por eso, por lo que hago pública a través de esta misiva mi postura al respecto.
Estimados nuevos compañeros de trabajo (fundamentalmente jefes). Antes de pasar a explicarles el motivo de estas letras, conviene advertirles que el personal de esta oficina acepta de mala gana las variaciones y reestructuración de estaciones de trabajo (mesas, sillas, ubicaciones) que inevitablemente acarreará su llegada a este inmueble. En cualquier caso, cada cual es cada cual y cada mente es un mundo. Allá ellos con ustedes y allá ustedes con ellos.
Acudiendo al grano, o sea, a lo que a mi respecta. Si aseguran que mi salario seguirá siendo intocable, voy a poder disponer de él como hasta ahora y no se prevén modificaciones en los plazos destinados a vacaciones y en los horarios de trabajo habituales. Como quiera que cada tarde despúes de mediodía comienza la vida que más satisface mi espíritu y expectativas personales y la jornada laboral diaria no es sino un requisito indispensable que hay que acometer para poder disponer del vil metal imprescindible, me da absolutamente igual que me sienten con el cieguito que vende boletos junto al porche o que me metan en un taburete dentro del cuarto de los trastos. Les libero de cualquier compromiso de respeto en lo que respecta a mi posición y lugar de trabajo en la oficina, quedando a su libre albedrío mi posible nueva situación. En este sentido, considérense libres para ocupar mi actual espacio de primera planta que se asoma elegantemente a la muy escandalosa y puñetera Calle Mayor. Es más, por rutina, el apego que le tengo al rancio y tradicional espacio urbano es tan diminuto, que llegado el caso, con todo el desprendimiento y generosidad del mundo, les cedo mi privilegiado despacho con su inseparable legado ambiental a fin de que lo padezcan con el mismo sufrimiento y perplejidad que yo lo he hecho.
Sí, les dono con efecto inmediato el rumor constante de calle peatonal, los agudos sonidos de la maquinaría que todas las semanas corta azulejos, pule pisos o secciona solemnes piezas de cantería, los desfiles infantiles de colegios gritones, los parias del barrio que enajenados por el alcohol, la droga o su propia psiquis, chillan, vociferan, cantan y pregonan por todo lo alto extensas, incomprensibles y surrealistas letanías. Que les cunda la retransmisión de la compra con marujeo ordinario de viva voz que produce la enesima gordita en licras. Que les aproveche la sinfonía de silbatos y consignas de los huelguistas de ocasión. Les regalo las estridentes canciones latinas de las tiendas de ropa, la flauta drogata de sintonía medieval, el inamovible repertorio del violinista de mediodía (que tiene una cara de buena persona…….), el día semanal de la tierra con exhibición de juego del trompo (peonzas), habilidades balompédicas y mucho, mucho folklore, las asambleas salva mundos de peludos solidarios, el mercadillo vende pájaros (ahora en época de cría) con sus viejos alegantines (habladores), los señores que esporádicamente se parten la crisma contra el paseo, los pasacalles de zancudos y rondallas, la campana de Papa Noel, la comitiva de los reyes magos, el ridículo político provinciano y populista que recoge votos, la TV Cateta realizando encuestas a píe de calle, la agrupación navideña de jubilados folkloristas y el niño que cada día llora por la ventana (suponemos que por hambre) a la hora del mediodía. Todo eso, se lo pueden envolver en papel satinado y regalárselo a ustedes mismos en cuanto aterricen por esta arquitectura que a decir de mis compañeras es de estilo academicista y que el capricho o la necesidad parece les ha colocado en el ánimo. A mí, por favor, muévanme sin temor y háganlo atendiendo solo a tres condiciones que me gustaría les resultaran de obligado cumplimiento. Bajo ninguna circunstancia me anexen a ese compañero hablador de bigotes (me cansa), no me acerquen demasiado a la salida (me tienta) y no me pongan entre puertas. Esto último motivado más por la intoxicación que suponen las corrientes de frikis que por los resfriados que me pudieran provocar las corrientes de aire. Sin más, atentamente harto. El Sentineles del despacho que da a la fachada de la muy escandalosa y puñetera Calle Mayor.

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